Exposición: Mi vida desde un escenario

Cuando:
1 junio, 2017 todo el día
2017-06-01T00:00:00+02:00
2017-06-02T00:00:00+02:00
Donde:
Centro de Creación Escénica "Carlos Álvarez-Nòvoa"
Calle Francisco Pintado Fe
11, 33949 Langreo, Asturias
España
Precio:
Gratis
Exposición: Mi vida desde un escenario @ Centro de Creación Escénica "Carlos Álvarez-Nòvoa" | Langreo | Principado de Asturias | España

Exposición “Mi vida desde un escenario”, que recorre la vida de Carlos Álvarez-Nòvoa. Del 1 al 15 de junio en el Centro de Creación Escénica que lleva su nombre, en La Felguera.

Así nos la contaba él en 1999 a través la revista Aula.

Mi tarjeta de presentación
Me gustaría empezar confesando un descubrimiento que intuí cuando comencé a hacer teatro y que nunca he formulado por escrito. Después de haber descubierto (y por este orden) que los Reyes Magos eran los padres, que los niños no venían de París, que la masturbación no provocaba la tuberculosis, que los comunistas no tenían cuernos ni olían a azufre y que Dios tal vez no existía, empecé a confiar, paradójicamente, en algo distinto: la ficción contada desde un escenario puede reflejar la realidad más profunda.

Mi vida teatral comenzó en la vieja Universidad de Oviedo, a finales de la década de 1950, en aquellos bienintencionados TEU que, bebiendo de la revista Primer Acto (impagable deuda con Pepe Monleón), pretendían ofrecer una alternativa frente al teatro comercial al uso. Las carteleras de entonces estaban ocupadas (aparte alguna obra aislada de Buero o de Sastre) por los Paso, los Pemán, los Luca de Tena, los Calvo Sotelo. Cuando mensualmente, aunque se retrasaba tantas veces, nos llegaba la revista con un texto de Lauro Olmo, Rodríguez Méndez, Carlos Muñiz o, atravesando escandalosamente el Pirineo, con obras de Arrabal, Camus, Anouilh, Sartre, Brecht, Beckett o Ionesco…, los directores del teatro universitario de entonces teníamos resuelta la elección del siguiente montaje; por eso, en todas las universidades españolas se representaban las mismas obras, y ninguno, creo, al enfrentarnos con ellas, nos preguntábamos qué dice el autor, sino qué se puede decir con este texto. Con aquella estética tan vacilante de entonces, intentábamos utilizar éticamente el escenario para manifestar nuestra incipiente disconformidad política, convencidos de que el teatro tenía que estar vinculado a una determinada realidad, al aquí y ahora, para intentar, dialécticamente, transformarla, de la misma manera que esa realidad, a su vez, estaba modificando el hecho teatral.

Después de la caída del sindicato obligatorio de estudiantes (el SEU), mi generación de “teatraleros”, antes de hacerse profesional, pasó del teatro universitario al llamado teatro independiente. Y, en mi caso, después de una intensa experiencia en Goliardos (¡inolvidable Ángel Facio!), y tras distintas actividades en prensa y radio, mi vida se encaminó hacia la enseñanza. Durante diecisiete años dí clases de lengua y literatura en numerosos institutos de bachillerato. En todos ellos traté de incorporar mi experiencia teatral al aula. Al principio, cuando no cabía otra posibilidad, como actividad extraescolar; después, creando en todos los centros por los que pasé la optativa de dramatización en segundo y tercero de BUP. Actualmente, hace diez años que estoy excedente y me dedico ya profesionalmente al teatro y al cine como actor y director de puesta en escena. Sin embargo, no he dejado de impartir cursos de teatro a profesores a través de los CEP.

Me he atrevido a escribir todo lo anterior como carta de presentación, para empezar diciendo, por una parte, que creo en el teatro como compromiso, como una forma de conocimiento de la realidad; y, por otra, para que esa referencia a mi experiencia docente, como título de crédito, me permita hablar de la importancia del teatro en el aula.

Experiencia militar
Cuando, a finales de la década de 1960, trabajé como periodista (tuve la suerte de tener como maestro a ese gran profesional que es Manu Leguineche, de quien fui redactor-jefe en al revista Mundo Joven cuando él la dirigía), entre otras cosas aprendí que un artículo largo hay que dividirlo en ladillos, estos apartados titulados que fragmentan el texto para que el lector no se desanime ante la extensión de un artículo continuo; y, además, comprendí que esos subtítulos debían ser llamativos para animar a su lectura. Ustedes se preguntarán qué tiene que ver lo militar con una revista tan civil y civilizada como ésta. No, no es sólo un truco para que me sigan leyendo: antes de hablar del aula quiero referirme a otra experiencia anterior confiando en que no consideren impúdicas tantas referencias a mi persona, pues en asuntos como el teatro y la enseñanza creo que lo más valioso, mucho más que teorizar, es transmitir experiencias personales. Corrían los años sesenta cuando me correspondió hacer mis prácticas en las milicias universitarias como alférez de complemento en Huesca. Dos cosas me interesaron en aquella experiencia: las clases a analfabetos y los show del alférez. En las clases (de los show les hablaré en otra ocasión), cuando me encargaban que les enseñara el reglamento del soldado, pude contrastar la fuerza del teatro para hacer verosímil lo absurdo. De la misma manera que en la Edad Media la Iglesia utilizó el teatro para representar los incomprensibles misterios e intentar hacerlos creíbles (así, la aparición del drama litúrgico con la representación del Quem quaeritis?, en la que, como es sabido, los sacerdotes, revestidos con ropas que simbolizaban las femeninas, se acercaban al sepulcro vacío y, cuando el oficiante les preguntaba “¿A quién buscáis?”, la respuesta, primero del ángel y de la imagen después de la resurrección, hacían verosímil que un cadáver resucitara tres días después de haber muerto). Yo sabía que el sargento de semana podía pasar por un puesto de guardia y pedirle el mosquetón al centinela (todavía no había llegado el “cetme” a los cuarteles) y que después, cuando el soldadito ingenuo se lo entregaba, el sargento, rojo de ira, le enviaría a prevención diciéndole que un soldado nunca entrega su arma. Como lo sabía (eso y otras cosas aún más insólitas), pues para enseñarles lo que sí tenían que hacer, por absurdo que fuera, y lo que nunca tenían que hacer, por lógico que les pareciera, la mejor manera de que no lo olvidaran era escenificarlo en clase (centinelas bebiendo cerveza a la luz de la luna, soldados enamorados llegando tarde al autobús o dormidos, confundiendo el toque de diana con el de silencio, etc.). Después pensé muchas veces que la mejor fórmula para transmitir información, a determinadas edades o en circunstancias especiales, puede ser el representar los contenidos, ya que la imagen fija conceptos y, además, volviendo al principio de lo que escribo, en el teatro, en esa gran mentira, se pueden encerrar las verdades más evidentes o las más profundas.

Teatro y lenguaje: creación de textos
Aparte la utilidad que en las clases de lengua me prestó el teatro, en escenificaciones (debates como si fueran televisados, juicios con jurado para discutir temas o comportamientos de personalidades, improvisaciones para fijar diferencias entre usos coloquiales y otros códigos, etc. etc.), de forma directa, en estas clases, incorporé el teatro como taller de creación de textos dramáticos, en los diferentes niveles que impartí. No es el momento de hacer una propuesta concreta, pero quede apuntado que la mejor manera de comprender el carácter y la estructura del texto dramático es a través de su construcción. Creo que el planteamiento, desde el principio y siempre que se hable de teatro, debe ser éste: construir un texto para después representarlo; no hay teatro si no se representa (de la misma manera que no hay cine si no se filma). A través de la creación de monólogos, mediante improvisaciones progresivamente más comprometidas con la experiencia vital del alumno, alcanzar el nivel del diálogo, elaborando una pequeña didáctica sobre los personajes, hasta aproximarse a una historia dramática con la introducción del conflicto. En este taller, como en cualquier otro que se organice sobre narrativa, lírica, lenguaje periodístico o publicitario, los propios textos creados creo que son, además, los que mejor pueden ofrecer la realidad viva de la lengua para trabajar sobre ellos en el análisis fonético, morfosintáctico o semántico.

Teatro y literatura: análisis dramatúrgico
La premisa inicial ante el análisis de los textos dramáticos, en el recorrido de la historia de la literatura, creo que debe partir de un presupuesto obvio y, en general, obviado: el teatro es teatro y debe ser estudiado teatralmente. Aunque la literatura dramática tenga características comunes a otras manifestaciones literarias que permiten establecer coincidencias en el planteamiento de algunos de los aspectos del análisis literario (sobre todo en contextualización y en la estilística), sin embargo sus peculiaridades son tan específicas que parecen aconsejar un tratamiento muy diferenciado. Creo que lo fundamental (y mi experiencia me ha mostrado cómo el interés del estudiante aumenta ante este enfoque) es descubrir en el análisis del texto qué es lo que les está ocurriendo a esos personajes en esas situaciones; concretar quiénes son, de dónde vienen, qué pretenden conseguir, qué obstáculos se interponen en su camino, cómo intentan salvarlos y qué tipo de soluciones alcanzan, si es que llegan a alguna. En definitiva, enfocar el análisis fundamentalmente desde el punto de vista del conflicto, sin cuya existencia no hay teatro; establecer los papeles de protagonistas y antagonistas; fijar sus necesidades y objetivos y las estrategias que sirvan para alcanzarlos. Me parece que es por este camino por donde mejor se puede descubrir cómo está estructurada la obra, cuál es su fábula y la trama, dejando para el final el análisis de contenidos, temas, datos, intencionalidad crítica, etc.

La puesta en escena: clases o ensayos
Sin pretenderlo, estoy dividiendo mi reflexión en los apartados lógicos de un proceso completo de acercamiento al hecho teatral: la creación del texto (o la elección de un texto de autor); el trabajo de mesa (donde, además de situar al autor y su texto dentro de sus coordenadas historicosociales y culturales, se desmenuce dramatúrgicamente la estructura de la obra) y la puesta en escena, bien como resultado de las clases específicas de dramatización, si es que esta posibilidad existe en el centro, o como actividad complementaria en los ensayos. Tanto en un caso como en otro, me parece que lo fundamental es que cada profesor, con el cuidado que su prudencia le dicte, vaya consiguiendo crear, a través de las orientaciones y ejercicios que tantos pedagogos y gentes de teatro han ido publicando sobre el juego dramático, un grupo desinhibido y cohesionado, en el que la comunicación y la relación fluyan con naturalidad, encaminando la energía a la puesta en pie de un proyecto creativo.

¡Cuántas cosas pueden surgir en un proceso de ensayos! ¡Cuánto se puede aprender solucionando los mil pequeños problemas que plantea una puesta en escena! ¡Qué ejercicio de responsabilidad, cuántas equivocaciones, qué valoración del trabajo en equipo, qué luchas contra uno mismo, qué amores y desamores, qué encantos y desencantos, cuántas ilusiones! En definitiva, ¡cuánta vida! Y cuando llega el día del adiós, qué miradas, qué sonrisas, qué palabras. Al finalizar muchos de los cursos académicos y hacer recuento personal del trabajo (esa evaluación íntima que sólo se hace cuando uno se atreve a plantearse para qué ha servido el año) me he quedado con la cara de esa muchacha o con la de aquel chiquillo que a principios de curso eran incapaces de expresar lo que sentían, tan callados, tan solos en su silencio, y que al final, después de un proceso teatral de trabajo en grupo, hablaban con tanta facilidad, miraban directamente a los ojos, reían a carcajadas o dejaban correr sin pudor sus lágrimas cuando algo les emocionaba. Sí, creo que merece la pena convertir, siempre que se pueda, la tarima en un escenario, subir el telón y encender los focos de la ilusión.

Carlos Álvarez-Nòvoa
(La Felguera, 1940 – Sevilla, 2015)